dijous, 11 de febrer de 2010

EL TRIANGULITO

Nunca hubiera pensado que aquel triangulito le trajera tantos problemas. Era un triangulo formado por dos muslos y el borde de una falda demasiado corta, y había aparecido en la oficina junto con la nueva secretaria.

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Habían habilitado para ella una mesa situada enfrente de la suya, y era de esas modernas con cuatro patas, toda abierta por delante y los lados, y claro, cuatro patas de la mesa, mas las dos de Irene, y las de la silla, ya era mucha extremidad suelta. Si además se forman de vez en cuando triangulitos, cada día de distinto color, no podemos por menos que compadecer al pobre contable.

Eufrasio era soltero, hombre de misa dominical y de polución nocturna quincenal, que vivía en sórdida armonía con sí mismo, en un piso de renta antigua de cuatro habitaciones. Hacía ya treinta años que trabajaba en la misma oficina, y era el empleado perfecto, metódico, pulcro, trabajador, callado y concienzudo, en quien Don Carlos depositaba toda la confianza de los números de la empresa. Por no haber, no había en su mesa ni siquiera teléfono, el se imbuía en sus papeles y en toda la jornada, ni levantaba la mirada, ni hablaba con nadie.

Pero ahora, le habían puesto enfrente a aquella chica que se pasaba el día riendo, comentando cosas con Victoria y con Eulalia, las otras dos chicas de su oficina, las cuales habían pasado de sentirse contagiadas de la seriedad de Eufrasio a colaborar en el jolgorio de Irene.

Y encima, aquel las piernas largas, que se movían al son de su risa y mostraban de vez en cuando aquel triangulito juguetón, que aparecía o se escondía en función de los movimientos, siempre inesperados y compulsivos de su propietaria.

Eufrasio estaba toda la jornada inquieto, no se podía concentrar. La vista, sin darse cuenta se dirigía inexorablemente cada diez segundos hacia lo que sucedía debajo de la mesa de su nueva compañera de oficina. Incluso empezó a hacer conjeturas,al principio de la jornada, intentando adivinar de que color seria el objeto de su mirada. Su trabajo empezó a perder eficacia, se equivocaba a menudo, y se le acumulaban los papeles en una bandeja que antes estaba siempre vacía.

Para paliar esto, tuvo que empezar a hacer horas extras, quedándose cuando todos se iban para trabajar con la tranquilidad y sosiego recuperados.

Pero el problema, le siguió a su casa y a su vida particular, estaba nervioso, no podía leer en tranquilidad, e incluso por la noche, recordaba a Irene, y su sexo le daba un aviso de que existía y que no le iba a dejar conciliar fácilmente el sueño. El nunca había tenido ningún tipo de experiencia sexual, siempre había huido del pecado de la carne, como lo explicaba el cura, y sus únicos encuentros eran aquellos sueños que le venían de vez en cuando por la noche y que hacían que aparecieran leves manchas blancas en el pijama.

Lavaba primorosamente la prenda en el lavabo, como queriendo limpiar su culpa, y dejaba así también su conciencia tranquila y reposada, intentando olvidar unos sueños que por otra parte tampoco recordaba.

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Desasosiego en la oficina, en casa, en el autobús, la vida de Eufrasio había entrado en una dinámica que no sabía a dónde le iba a conducir. Solo, sin amigos, sin familia próxima, en principio lo único que se le ocurría era ir a pedir consejo al cura.

Mosén Blanc, le escuchó en silencio, y no pareció extrañarse mucho. Incluso le dio la impresión que lo consideraba normal. Le dijo que procurase evitar la tentación y que limpiase su mente de cosas sucias. Algo menos que nada, ningún otro consejo, ninguna otra solución.

En las próximas semanas, su problema no fue a menos, sino todo lo contrario, no podía concentrarse en el trabajo, se movía inquieto en la silla y los movimientos de su compañera lo tenían fuera de sí, incluso parecía que ella se daba cuenta de lo turbado que estaba y le dirigía miradas divertidas y cómplices con las otras dos compañeras de oficina. Después de alguna ojeada fugaz suya, todas se ponían a reír sin venir a cuento, y él se sentía avergonzado.

Colocar un marco con la virgen del perpetuo socorro sobre la mesa, tampoco dio resultado, muslos y virgen con manto, no son una buena combinación y le hacían sentir peor todavía.

Otra solución era colocar un panel frontal en la mesa de Irene, pero: ¿Quién le pone el cascabel al gato? ¿Cómo iba a justificar semejante petición?

Pero un acontecimiento iba a cambiar para siempre su vida y solucionar de paso su problema visual.

Volvía de la oficina, como siempre pensando muslos y lencería, y coincidió en el ascensor con la vecina del quinto, que era una viuda, entrada en carnes, es decir, bastante gorda, y a la que siempre miraba con indiferencia. Pero aquel día, su mirada, debía tener algún factor diferente, de hecho no se detuvo en su cara, sino que siguió la curva de su cuello, se paró en sus pechos, descendió hasta las caderas, y algo debió notar la viuda, porque de repente, lo cogió por el cuello y lo atrajo hacia si, enterrándole la cara entre sus senos. El ascensor se detuvo a tiempo con un traqueteo para que salieran los dos aun cogidos de la cintura y tras vencer la resistencia de la cerradura de la puerta de su casa, que se resistía la muy zorra, entraron, y allí mismo, en el pasillo, sin llegar al salón, se buscaron ávidos los rincones y prominencias, perdiendo en el envite, Eufrasio la virginidad y la vecina sus urgencias.

Al día siguiente, Eufrasio llegó tarde por primera vez a la oficina, con aire triunfante y retador, y cuando pasó por delante la mesa de Elisa, le dijo en plan paternal y jocoso:

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¿Y bien, de que color lleva hoy las braguitas mi niña?

Y se sentó orondo y satisfecho en su silla. Estaba seguro que aquel día ningún triángulo le iba a entorpecer su trabajo.

4 desembre 2008 - Publicat per xarbet | Club de los Jueves, Sociedad | , | 4

dimecres, 27 de gener de 2010

SUEÑO TRANSGRESOR DE UNA NOCHE DE VERANO (El Club de los Jueves)

Estaban felices con los preparativos, en pocas horas saldrían hacia Cala Rafalet. El viaje era en coche hasta S’algar, luego tenían que coger los bártulos e ir bajando a pié con las mochilas y las tiendas hacia la pequeña cala rodeada de pinares y arbustos. Un puente de cuatro días, en soledad, rodeados de mar y naturaleza.
Eran dos parejas que habían crecido juntas y el destino los había unido con intereses y aficiones comunes, hacían excursiones de fin de semana y disfrutaban de su amistad.
La encontraron en un recodo del sendero que llevaba hasta cala.
Estaba sentada sobre una piedra, y les estaba observando mientras bajaban lentamente con la carga de su equipaje a cuestas.
Era una chica delgada, no muy alta, cabello corto rubio, vestía una camiseta larga azul claro, y unos botines amarillos, sus piernas eran bellísimas, blancas como una nube.
Les saludó con efusión y les pidió si podía bajar con ellos. Era simpática, dicharachera, divertida, en poco tiempo todos reían con ella y se hacían bromas mutuas. Andrea, como iba sin mochila y sin carga, se movía adelante y atrás del grupo, saltando como un pajarillo y dando a todos su porción de miel.
Llegaron abajo cansados y sudorosos, dejaron en un claro del pinar su equipaje, y se fueron hacia las rocas a ver y tocar el agua. Eran ya las seis de la tarde, y el sol todavía rendía sus rayos sobre el mar. La calma era latente y el agua estaba quieta y cristalina.
En condiciones normales, es decir, las dos parejas solas, se hubieran quitado la ropa y lanzado al mar desnudos, como hacían siempre, pero la presencia de la chica les inhibía un poco. Sin embargo, tardaron poco en salir de dudas.
Quitándose las botas mientras corría, fue la primera en adelantarse a todos y sacándose la camiseta azul, lanzarse en cueros al agua. Los demás, hicieron lo propio y la siguieron.
Estuvieron un buen rato nadando y jugando en el agua, hasta que decidieron salir, había que preparar las tiendas.
Andrea, a su belleza y blancura de su piel, unía unos pechos redondeados y firmes, quizá demasiado grandes en proporción a su cuerpo, una cintura de avispa, unas caderas estrechas, y unos hermosos testículos coronados por un pene un poco más oscuro que su piel.
Nadie se atrevió a abrir la boca, fue ella la que rompió el hielo
-Es lo que hay. Cada uno nace con lo suyo. Espero que no os moleste.
Los cuatro, pese a lo sorprendidos que estaban, reaccionaron lo mejor que supieron, al fin y al cabo eran –o decían ser- personas liberales y respetuosas con todo el mundo, y siguieron cada uno, hablando y riendo, quitando importancia al hecho, como si aquel pene inesperado no hubiera irrumpido en medio del grupo.
Se secaron, se volvieron a enfundar en sus camisetas, y se dispusieron seguidamente a preparar las tiendas y a colocar sus cosas, había que preparar un refugio de piedras para el fuego, y dejarlo todo listo para la noche.
Andrea era un auténtico diablillo, trabajador incansable, servicial, y con bastante experiencia en buscar leña, aplanar el terreno y montar tiendas. Todo lo hacía entre risas y bromas y tenía para cada uno de ellos, la palabra justa, el abrazo oportuno o la caricia necesaria.
Les había robado el corazón, pese a que ninguno de los cuatro podía olvidar, aunque lo intentara, lo que tenía entre las piernas. Se había unido a ellos de una manera espontánea y natural, la pregunta era si pensaba quedarse a dormir con ellos o si se iría.
De entrada, tenían solo dos tiendas de campaña, y aunque en cada una de ellas cabían cuatro personas, en caso de que se quedara, ¿ dónde ubicarla? ¿Con cuál de las dos parejas la ponían? ¿Lo echaban a suertes? ¿Dejaban que decidiera ella? Y si hacían una tienda de chicos, y una de chicas, ¿En cuál de las dos le correspondía?
De todas maneras, si se hubieran podido reunir los cuatro para decidir que hacían, tampoco hubieran llegado a ningún acuerdo, porque su situación era totalmente novedosa y tampoco sabían que era lo que pensaba hacer ella, por lo que se dejaron llevar por el curso de los acontecimientos.
Antes de cenar, fueron a darse otra vez un chapuzón en el mar, con la luna ya asomando por el horizonte, esta vez con la sorpresa ya asimilada y con total tranquilidad.
Solo una vez, Juan se sintió algo incómodo cuando Andrea, jugando, le saltó a la espalda para hacerlo caer al agua. No supo cuál de los dos contactos le sorprendió más, el que notó en la parte superior o inferior de su espalda.
Asaron salchichas en el fuego, mientras las botellas de vino circulaban de mano en mano. Luego hicieron café de puchero y lo mezclaron generosamente con coñac, tres veces tuvieron que repetir la operación porque el pote de café era pequeño y se vaciaba rápido.
La música, sonó en la noche, mientras el cigarrillo había sustituido al café en la ronda. Sentidas volutas de humo perfumaron el aire, mientras el espíritu de la noche iba dominando el ambiente y los sentidos iban adormeciéndose.
Andrea empezó a bailar. Sus movimientos eran suaves y sensuales, iba acariciando su cuerpo mientras se movía al son de la música. Ana se le unió y estuvieron moviéndose al unísono mirándose a los ojos, lanzándose las manos sin tocarse.
El fuego calentaba el ambiente y las gotas de sudor brillaban en la frente de las chicas, aprovechando los movimientos, Andrea se sacó la camiseta, mientras Ana hacía lo propio, desnudándose para quedar en igualdad de condiciones.
Poco a poco los demás se fueron incorporando al baile. Pechos limpios y bellos, cubiertos de sudor brillaban coloreados por el fuego.
Al fin, los danzarines cayeron rendidos, tumbados sobre la tierra, mirando el cielo. Con las cabezas juntas como un estrella de cinco puntas, con su desnudez expuesta a la noche, siguieron hablando y disfrutando de aquellos momentos, era momento de confidencias, en los que hay una puerta abierta, en el que todos se sienten un poco más libres.
El ruido de unos pasos, rompió el silencio. Todos se incorporaron. Una silueta se recortó entre la oscuridad, poco a poco se fue acercando.
-No os preocupéis, es Ándros, vive aquí cerca, en una cueva.
La luna a su espalda, resaltaba su cuerpo desnudo, tenía unas caderas anchas y unas piernas firmes y largas.
A medida que se fue acercando se pudieron distinguir su cara ancha y nariz chata y el color negro azabache de su piel. Tenía los cabellos rizados, cortados muy cortos y un pecho plano como el de un niño que descendía hacia un pubis abombado con los inconfundibles labios de una vagina.
Se inclinó sobre Andrea, y la besó, sus brazos se entrelazaron y se fueron moviendo sobre sus cuerpos empezando el viejo rito del amor. Las otras dos parejas, también se buscaron y el fuego fue testigo de tres parejas respirando amor y sexo.
Dicen las malas lenguas, que la noche fue larga, hubo otros encuentros, otros roces.  Se rompieron algunos moldes, y  Andrea y Ándros, se prodigaron sobre otros cuerpos que, aprovechando la permisividad de la noche, dejaron la puerta de la transgresión abierta.
La mañana les sorprendió solos, las dos parejas, evitaron mirarse a los ojos, mientras recogían sus ropas esparcidas en el suelo. Quizá los chicos eran los que estaban mas avergonzados y más incómodos. Pero de una manera espontanea, evitaron hacer comentarios.
El fin de semana, siguió su curso plácido y tranquilo. Nadie volvió a hablar de la noche vivida, incluso pensaban que todo había sido solo un sueño.
Un sueño transgresor de una noche de verano.
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6 comentaris »

  1. Una nit màgica amb un Puck i un Oberon magníficament retratats. M’has recordat una interpretació genial (allà pels finals dels 70) del somni d’una nit d’estiu per la companyia de Núria Espert amb un Lindsay Kemp del qual l’Andrea del teu relat és un viu reflexe.
    Salut
    Comentari per julio navarro (jpolinya) | 10 desembre 2009 | Edita | Respon
  2. Sempre en dones feina, encara que sigui de la bona. Ara tindre que anar a veure a la wiki a Puck, a Oberón i a Kemp.
    Salut.
    Comentari per xarbet | 10 desembre 2009 | Edita | Respon
  3. En sueños y en verano, se puede hacer de todo… también bajo los efectos del alcohol… y bajo lo esfectos de la noche tambnién, y más si hay un buen fuego al lado…
    La naturaleza humana nos insta a buscarnos “excusas” para llevar a cabo los deseos o los comportamientos fuera de lo convencional…
    Pero amigo, tú sabes, que estaban perfectamente sobrios y deseosos…
    Un saludo
    Comentari per Psiqui | 10 desembre 2009 | Edita | Respon
  4. En sueños y en verano, se puede hacer de todo… también bajo los efectos del alcohol… y bajo los efectos de la noche también, y más si hay un buen fuego al lado…
    La naturaleza humana nos insta a buscarnos “excusas” para llevar a cabo los deseos o los comportamientos fuera de lo convencional…
    Pero amigo, tú sabes, que estaban perfectamente sobrios y deseosos…
    Un saludo
    Comentari per Psiqui | 10 desembre 2009 | Edita | Respon
  5. No voy a discutir el grado de emporramiento ni de alcohol, lo que estoy seguro es que ellos sí van a decir que estaban muy borrachos, y es que a veces, la borrachera es una excusa tan buena como otra cualquiera.
    Comentari per xarbet | 10 desembre 2009 | Edita | Respon
  6. Al hilo de tu comentario a Julio: Y no digamos si dejamos libres la imaginación y la fantasía…
    Me gusta porque has escrito lo que has querido escribir, si se trataba de transgresiones pues aquí están. Felicidades Xarbet. Un abrazo.
    Comentari per crguarddon | 16 desembre 2009 | Edita | Respon

Aquella mano tentadora

Tema difícil el de hoy, psiqui, con su natural benevolencia, nos reta a un relato en el que tenemos que nombrar todas las fiestas nacionales.  En fin, tiempo habrá para agradecerle el detalle, esto es lo que ha salido.

Estuvo dudando si llamarla por la Purísima o el día de la Constitución, pero al final, lo dejó para Navidad, pensó que era una fecha más adecuada.  Pero en el ultimo momento,  lo pospuso otra vez.  Su timidez, le llevó también a desaprovechar un día tan especial como el primero de año.

Como regalo de reyes, tampoco hubiera estado mal, pero le pareció que era frivolizar el hecho y entró en el nuevo año laboral, sin los deberes hechos.

Tenía que hacerlo, era imperioso decidirse, hacía ya casi tres meses que se encontraban a la salida del trabajo y se iban al bar dela esquina a tomar un café, después se despedían y se iba cada uno a su casa.


Y es que la timidez es algo difícil de superar, no encuentras el momento, no te salen las palabras, prefieres hundirte en la oscuridad del anonimato.

Recordaba aquella vez que fue a la presentación de un libro de un amigo, y se quedó escondido entre el público sin atreverse a ir a felicitarlo. A veces pensaba que lo suyo, en vez de timidez, era gandulería.

Había conocido a Inés en una reunión de trabajo en la empresa. Ella trabajaba de secretaria en la novena planta y él en la décima.

Intercambiaron miradas furtivas, y de alguna manera, los dos se entendieron, los dos eran tímidos y apocados, y como tales, eran capaces de reconocer a los de su especie.

Quiso el destino que, aquel dia, a la salida del trabajo, se encontraran de nuevo en la cafetería de  la esquina. Todos las sillas estaban ocupadas excepto la de enfrente de ella, y además, estaba solo a un paso y ella le estaba mirando. No tuvo más remedio que pedirle si se podía sentar.

Estuvieron hablando y comentando sus respectivas ocupaciones en la empresa, solo hablaron de trabajo, pero había nacido una relación.

Repitieron el encuentro, de lunes a viernes, y fueron pasando de temas de trabajo a temas más personales, música, libros, aficiones…tenían muchas cosas en común, el diálogo era fluido y fácil, la relación alegre y distendida, pero había que dar un paso más.

Y este paso era llamarla un día a casa para felicitarla por algún evento o con cualquier excusa y aprovechar para invitarla a cenar y para decirle de una puñetera vez, que la quería. ¡ Que los dos lo sabían coño¡

Pero había desaprovechado fiestas señaladas y fáciles, y ahora estaba en un brete, porque ni el 19 de Marzo, que era el día del padre ni viernes ni jueves santo eran fechas apropiadas.

Tuvo que echar mano del calendario y repasar las fechas disponibles. Realmente era complicado porque, dejando aparte obviamente el día del trabajo, el día del corpus era fatal, y no hablemos del doce de octubre, fiesta Nacional y de la Hispanidad, de amargo recuerdo.

Decidió cambiar de táctica, tendría que hacerlo cara a cara y a viva voz, después del trabajo, sentados en su mesa de siempre, en el bar de siempre, tenía que aprovechar, cogerle una mano, mirarla a los ojos, y decirle muy suavemente:

Te quiero.

Lo estuvo ensayando en su casa sentado en la mesa camilla, enfrente puso el ratón del ordenador. Era un movimiento suave, sin prisa, poco a poco, ir acercando la mano hasta cubrir la suya, sabiendo que ella no iba a retirar la mano, con decisión pero lentamente. El ratón, evidentemente, no se movió y se dejó cubrir suavemente.

Con la mano asida, todo sería mucho más fácil, a lo mejor, ni siquiera tendría que decir nada, ella le miraría dulcemente y el ya sabría que la respuesta era si.

Sus manos eran blancas, pequeñas, con unas uñas perfectamente recortadas, como un colegial.  Se movían con rapidez mientras hablaba, tan pronto las tenia sobre la mesa, como jugaban con la cucharilla como se escondían en su regazo.

El las buscaba con la mirada, con la suya presta, esperando el momento propicio, como un gato al acecho, esperando…

Pero la mesa camilla era mejor aliado que la mesa del bar, y el ratón del ordenador, presa más fácil y mas tranquila,  los obstáculos eran insalvables, nunca encontraba el momento, siempre había algo que evitaba la progresión de la mano.

Pasaron los meses sin poder llevar a cabo sus deseos. Se dedicó a amarla en silencio, sin decir nada.

El día de todos los santos, llamó ella. Era para decirle que se iba de vacaciones, que había conocido a un chico en internet y se iba a Barcelona a conocerle.

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8 comentaris »

  1. Redéu, Frederic, potser miraves pel forrellat?
    Quantes ocasions, quants anys perduts, fins que vaig tindre la sort que Tere es decidís a donar-se per assabentada d’allò que jo no m’atrevia a dir-li, i, com sol passar, donés ella el primer pas.
    No et creguis, de gent com el teu protagonista en som molts, massa, diria.
    Salut
    Comentari per julio navarro (jpolinya) | 17 desembre 2009 | Edita | Respon
    • I es que mal que ens pesi, les dones quant nosaltres anem, elles ja tornen. I que em perdoni la Tere, però tu vas tenir la sort que s’assabentesi, i ella també.
      Comentari per xarbet | 17 desembre 2009 | Edita | Respon
  2. Jajaja, anda que a ti te lo van a poner dificil con el temita amigo Xarbet…un saludo sin timidez :)
    Comentari per Gales | 17 desembre 2009 | Edita | Respon
    • Es que hay gente muuuuuy mala
      Comentari per xarbet | 17 desembre 2009 | Edita | Respon
  3. Claro que hay alguien que se lo pone difícil, claro que lo hay…;)
    Me gusta la escena del ratón, que se deja cubrir docilmente…y es que a veces la timidez puede con los mejores sueños, somos nuestro peor enemigo en ocasiones…
    Y en ocasiones también alguien se va a Barcelona, menos mal que no has puesto a Menorca!!! Cerca está!!!
    Y en ocasiones…veo muertos…
    Un saludo de fiestas
    PD: Fiestas de la Comunidad de Madrid, no fiestas nacionales, listillo…;)
    Comentari per Psiqui | 17 desembre 2009 | Edita | Respon
  4. Tienes razon, madre, hijo nieta y espíritu hijoputero granuloso.
    Comentari per xarbet | 17 desembre 2009 | Edita | Respon
  5. Hola Xarbet,
    S’em denega el permís per entrar a “la Blogueria” és normal?
    gràcies per tindre’m al corrent
    Xavier Vallverdú
    Comentari per Xavier | 22 gener 2010 | Edita | Respon
    • Hem tingut problemes tecnic aquest dies, espero que avuii quedi solucionat.
      Comentari per xarbet | 23 gener 2010 | Edita | Respon
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dimarts, 26 de gener de 2010

CRUELDAD ANTITAURINA

Durante mi época estudiantil, en plena lucha antifranquista y por las libertades, implicado en las asociaciones de estudiantes y organizando manifestaciones contra la dictadura, recibi el apodo de “El pacifista”. Me quedó asignado, de la misma manera que otros eran el “Manresà”, “Bedel”, o “Tristón”, compañeros de tertulias, reuniones clandestinas y pegada de carteles y pintadas. Eran épocas peligrosas, en las que era mejor no saber el nombre de tu compañero. Quizá las precauciones eran un tanto ingenuas, porque la policía social, integrada entre muchos compañeros nuestros, conocía con detalle todos nuestros datos. Me sacaron el apodo, un día en el que me opuse con ahínco, al uso de cócteles molotov en las manifestaciones. Pensaba, -y sigo pensando- que el fin no puede justificar los medios. Creo que es un contrasentido si somos contrarios a la violencia, usarla contra los que la defienden y la utilizan. Para mi es importante la integridad moral de una persona, que debe impedirle usar los mismos medios que los de sus oponentes. No creo que importe decir que en las siguientes semanas, los sótanos de la facultad, eran un continuo trajín de bolsas que “sonaban” a cristal contra cristal. Me han venido a la memoria estos recuerdos, a raíz de un grupo antitaurino de Facebook que pide la muerte del torero en la plaza. Le he dejado varios comentarios,, en los que les recrimino su actitud, de los que como es normal, he salido algo malparado. ¿Cómo se puede defender a un animal y a la vez desear la muerte de una persona? Como en tantas otras cosas, los sentimientos son los que deben guiar nuestros actos, no las consignas políticas o sociales. Si nos sentimos compungidos y afectados por la muerte y tortura de un animal, de la misma manera nos tenemos que sentir heridos por la cogida de un torero. Todo forma parte de la inmensa crueldad de la “fiesta nacional”. El torero, por el mero hecho de ser el eje de la tortura del animal, no es por eso menos digno de lástima y debe ser objeto también de nuestra compasión. Por una parte están los “hechos concretos” que nos repugnan, picas, banderillas, estoque. Por otra un público encorajinado y embrutecido que pide y quiere sangre. Cualquier espectáculo que provoque tales sentimientos es nocivo y rechazable. En el inventario de nuestras “lastimas”, está el toro torturado y vejado, y también las personas que llaman arte a lo que es tortura, y no se dan cuenta que ellos mismos, se están animalizando. Los antitaurinos que piden la muerte del torero, también están brutalizados, también quieren sangre, no son diferentes de los que braman en las gradas, solo están en el otro lado.