dimarts 26 de gener de 2010

CRUELDAD ANTITAURINA

Durante mi época estudiantil, en plena lucha antifranquista y por las libertades, implicado en las asociaciones de estudiantes y organizando manifestaciones contra la dictadura, recibi el apodo de “El pacifista”. Me quedó asignado, de la misma manera que otros eran el “Manresà”, “Bedel”, o “Tristón”, compañeros de tertulias, reuniones clandestinas y pegada de carteles y pintadas. Eran épocas peligrosas, en las que era mejor no saber el nombre de tu compañero. Quizá las precauciones eran un tanto ingenuas, porque la policía social, integrada entre muchos compañeros nuestros, conocía con detalle todos nuestros datos. Me sacaron el apodo, un día en el que me opuse con ahínco, al uso de cócteles molotov en las manifestaciones. Pensaba, -y sigo pensando- que el fin no puede justificar los medios. Creo que es un contrasentido si somos contrarios a la violencia, usarla contra los que la defienden y la utilizan. Para mi es importante la integridad moral de una persona, que debe impedirle usar los mismos medios que los de sus oponentes. No creo que importe decir que en las siguientes semanas, los sótanos de la facultad, eran un continuo trajín de bolsas que “sonaban” a cristal contra cristal. Me han venido a la memoria estos recuerdos, a raíz de un grupo antitaurino de Facebook que pide la muerte del torero en la plaza. Le he dejado varios comentarios,, en los que les recrimino su actitud, de los que como es normal, he salido algo malparado. ¿Cómo se puede defender a un animal y a la vez desear la muerte de una persona? Como en tantas otras cosas, los sentimientos son los que deben guiar nuestros actos, no las consignas políticas o sociales. Si nos sentimos compungidos y afectados por la muerte y tortura de un animal, de la misma manera nos tenemos que sentir heridos por la cogida de un torero. Todo forma parte de la inmensa crueldad de la “fiesta nacional”. El torero, por el mero hecho de ser el eje de la tortura del animal, no es por eso menos digno de lástima y debe ser objeto también de nuestra compasión. Por una parte están los “hechos concretos” que nos repugnan, picas, banderillas, estoque. Por otra un público encorajinado y embrutecido que pide y quiere sangre. Cualquier espectáculo que provoque tales sentimientos es nocivo y rechazable. En el inventario de nuestras “lastimas”, está el toro torturado y vejado, y también las personas que llaman arte a lo que es tortura, y no se dan cuenta que ellos mismos, se están animalizando. Los antitaurinos que piden la muerte del torero, también están brutalizados, también quieren sangre, no son diferentes de los que braman en las gradas, solo están en el otro lado.

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